Juan Manuel Perez
Mientras las calles de Tokio y Osaka se llenan de cafeterías minimalistas y máquinas automatizadas, un fenómeno nostálgico está capturando el corazón de la juventud japonesa: el renacimiento de los Kissaten. Estas cafeterías tradicionales, que tuvieron su apogeo durante la era Showa (1926-1989), están experimentando una segunda vida gracias a la Generación Z, que busca escapar de la hiperconectividad y la estética genérica de las grandes cadenas globales.
Entrar en un Kissaten es como realizar un viaje en el tiempo. Se caracterizan por sus muebles de madera oscura, sillones de terciopelo gastado, iluminación tenue y un aire cargado de historia. A diferencia de las cafeterías modernas donde el objetivo es el "take-away" rápido, en los Kissaten el tiempo parece detenerse. Aquí, el café no se hace a máquina, sino que se sirve mediante el método de sifón o goteo manual, un proceso lento que invita a la contemplación. Los jóvenes no solo acuden por la bebida, sino por el menú icónico que incluye el pudding de caramelo casero, el "Cream Soda" de color verde radioactivo y las famosas tostadas gruesas de pan shokupan.
Es un recordatorio de que, incluso en la sociedad más tecnológica del mundo, el valor de lo artesanal y lo analógico sigue siendo irremplazable.